Convergencia democrática: pensando en la gobernabilidad – José Miguel Serrano Silva, Abogado. MA. Ciencia Política


Desde la recuperación de la Democracia en Chile, hemos gestionado gobiernos de coalición, para poder sustentar las políticas públicas y las reformas que se han ido suscitando en el tiempo. Estos gobiernos de Concertación primeramente, y de Nueva Mayoría después, con un interregno de Alianza, han seguido la lógica creada por Jaime Guzmán dentro de un bipartidismo forzado, en un régimen Presidencialista extremo, propio de una América Latina, heredera de una sumisión a una monarquía colonial del siglo XVII, y máxime aún en Chile, como tierra de frontera, el régimen tendió a ser más estricto y personal, con Directores Supremos y Presidentes con amplias facultades.

Presidencialismo, eso sí, que tuvo el mérito de organizar la República y estructurar el Estado durante los siglos XIX y XX, pero que a la luz del siglo XXI resulta claramente ineficaz y destructivo para las nuevas realidades sociales y políticas, pues hoy el régimen Presidencialista, no es más que la consagración de la oligarquía política y el populismo, a través de una figura que asegurando su gobierno por un periodo y obteniendo la suma cero, frente a una oposición pasiva, puede gobernar con 75% a 80% de popularidad y hasta con un 20% o menos, e incluso de 12% en algunos países de América Latina.

Lo cierto es que nuestras democracias han sido sólo democracias electorales, en que cada cuatro, cinco o seis años elegimos a un rey presidencial, a quien le damos la plenitud de los poderes y lo dejamos hacer y deshacer, reformas y contrarreformas, conforme lo indique la veleta electoral de cada momento. Y la clase parlamentaria hace lo propio, incluso desmarcándose de aquellos presidentes con quienes se sacaron las fotos electorales para lograr sus escaños.

Sí, dirán algunos, es que frente a una sociedad líquida es necesario seguir los flujos, y si vamos para la derecha, vamos para la derecha, y si vamos para la izquierda, vamos para la izquierda. Contra ello, hay que señalar, que no nos sirve para enfrentar los flujos un régimen estático como el presidencial extremo como el que hoy tenemos, y que reina en toda América Latina. Sin embargo, el cambio de régimen de gobierno, si bien es algo necesario y se avizora en un futuro mediato, escapa a las limitaciones de este artículo, donde vamos a enfrentar la gobernabilidad con el régimen que tenemos, lo que pasa por una convergencia de fuerzas políticas, para el logro de objetivos gubernamentales básicos y específicos, en los que se sustenten políticas públicas, fruto de esos acuerdos o convergencias.

Un dato fundamental para el análisis, es que nuestra sociedad no es bipolar, sino que tiene innumerables matices, tanto intrapartidariamente, como extrapartidariamente. Así pues, enfrentamos a una sociedad multicolor y un pluripartidismo, que constituye un hecho cierto, desde donde parte este análisis. Esa realidad sin embargo, choca con instituciones, normativas y costumbres que pretenden mantener un binominal forzado entre dos grandes bloques electorales.

Es precisamente este cambio de realidad electoral, hacia un sistema proporcional corregido, lo que nos lleva, necesariamente, a “crear estructuras de acuerdo supraprogramáticas”, que permitan la gobernabilidad entre fuerzas que tienen programas, candidatos e ideologías claramente distintas, pero que están llamadas a dar gobernabilidad para construir, arquitectónicamente, un Estado y desarrollar las políticas públicas y sociales que en él se desplieguen.

En efecto, debemos desdramatizar la faz agonal y electoral de la Política, para adentrarnos en lo realmente relevante y sustentable, el desarrollo de las políticas públicas y la construcción política e institucional. Políticas que se realizan a través de leyes, que se discuten y acuerdan en la sede del poder representativo, donde confluyen las distintas fuerzas políticas de una comunidad. De allí, que más relevante que elegir a un presidente o presidenta, lo que hay que sustentar hoy, es, ¿cómo va a gobernar ese presidente o presidenta?, y si va estar bloqueado en sede parlamentaria por las fuerzas que interactúan allí.

Como cada fuerza política tiene sus cuadros legislativos y de cores, necesariamente, necesitamos acuerdos y convergencias, en aquellas cosas o materias que cada uno aportará a la construcción de un futuro gobierno común. No se trata de renunciar al programa de reformas o políticas públicas que cada uno haya ideado o pretenda implementar, sino que puestos estos sobre la mesa, podamos conciliar aquellos puntos en los que estamos de acuerdo y proyectarlos como un avance real. Sorprenderá al lector, que en la mayoría de las iniciativas legislativas y programas sociales, existe un amplio consenso entre los legisladores, y que es sólo para el público o la espectacularidad de las cámaras televisivas y flashes fotográficos, cuando se enfatizan las diferencias.

La convergencia, es precisamente no renunciar a lo propio, a la propia ideología y principios, que caracterizan a un conglomerado político, para tener la capacidad de avanzar en los puntos comunes, para la construcción de una gobernabilidad posible, sin perjuicio de dejar en claro las diferencias propias de cada grupo.

El Muro de Berlín, se cayó para ambos lados nos señalaba Norberto Bobbio, tanto para el socialismo real, como para las crisis del estado liberal capitalista, cuyas consecuencias han llevado al mundo a “volver a descubrir que el capitalismo no es la solución sino el problema”. La historia lejos de terminarse se ha vuelto más compleja y requiere, incesantemente, la convergencia de las distintas fuerzas políticas en una tarea, no fácil, como es la de hacer políticas públicas y construir nuestras sociedades, en las que no caben los caminos propios o los caminos ajenos, sino que los caminos conjuntos que convergen en aquellas soluciones reales para el desarrollo de los pueblos y sus entornos.

Así, en una sociedad en permanente cambio: “liquida”, como señala Bauman, nadie es dueño del cauce perfecto ni de la verdad, sino que debemos encauzar los flujos en conjunto para regar las praderas.

Sin embargo, premisa para ello, es predicar con el ejemplo y estar llano a objetivar nuestras pasiones ideológicas, estableciendo aquellas cosas en la que estamos de acuerdo, las que podríamos conciliar o acordar, -a pesar de ser distintos nuestros pareceres- y a manifestar con claridad y certeza aquellas cosas en las que, -definitivamente-, no podremos converger. Sólo así, podremos construir políticas públicas certeras, reales y no populistas, en las que el ciudadano común pueda creer y evaluar.

Los Partidos Políticos hoy tienen esa difícil tarea de poder reencantar a los electores, que en más de un 50 % no concurren a las urnas, por qué han visto en ellos sólo máquinas electorales personalistas, sin propuestas concretas de políticas públicas, que consideran la política como una actividad para enriquecerse o mantenerse individualmente, generando élites que pululan entre los Ministerios, para autosustentarse. Hoy esa añeja visión de la política está siendo desterrada por los medios de comunicación y por los ciudadanos informados, a los que resulta difícil engañar u ocultar las diversas “Tramas”.

El ciudadano valora la consecuencia y ejemplo de un líder, como asimismo, comienza a segregar entre informaciones truchas, construidas con prementiras, para lograr verdades a medias e inconsistentes, llamadas hoy: “postverdades”, término de moda en el último año, y en el que han tenido mucha ingerencia y responsabilidad los comunicadores, periodistas y asesores de imagen.

Hoy la única estabilidad y gobernanza posible, es aquella que otorga una convergencia entre las fuerzas políticas de Centro-Izquierda, que morigeren el discurso y la calle, más de izquierda, pero que den cauce progresivo a sus demandas sociales, culturales y épicas, que constituyen el motor de su movilización, pero, a su turno proyecten certezas en las condiciones de trabajo y desarrollo económico y comercial que representa el centro emprendedor, constructor de un capitalismo social e industrial, sano y sustentable, no especulativo ni tóxico, que ha invadido a parte de nuestra clase empresarial.

El humanismo laico y Cristiano, es el que con dosis de libertad, igualdad y fraternidad adecuadas, puede enfrentar las próximas décadas de este milenio y elevar todos los estándares de crecimiento y calidad de nuestra América Latina, sin necesidad de desperfilar la propia identidad como Partidos, ni caer en los populismos de unos y otros.

Convergencia, no significa anularse a costa de los acuerdos, sino contribuir a ellos desde nuestra propia identidad, no para vencer al otro, sino para construir con el otro, en aquello común que nos une.

La convergencia tampoco se hace desde las élites, pues ello sería inconsistente, esta convergencia se desarrolla desde la base como los “castells” , verdaderas torres humanas que se logran con una base firme y unida.

El término de la Nueva Mayoría, no significa el término de nuestra construcción común como país, el término de la Nueva Mayoría, es el paso a una nueva etapa, donde la Convergencia Democrática de todas las fuerzas de Centro-Izquierda, que quieren hacer de esta república una copia feliz del edén, contribuya con aportes y críticas, a nuestras políticas públicas, no con sueños, ni tampoco con mezquindades, sino con un verdadero amor a nuestra Democracia Republicana.

Es difícil concluir y predecir, si esta “Convergencia” se dará antes o después de las próximas elecciones Presidenciales y Parlamentarias, pero sin duda tendrá que darse. Y más vale antes, pues con ello las fuerzas convergentes tendrán mayor consistencia para construir una mejor República.

About the author: civitaman